domingo, 17 de mayo de 2026

El río no es inocente

Fernanda Escudero
Literatura, territorio y género desde Jujuy
17 de mayo de 2026
● En curso
Análisis · Género y territorio

El río no es inocente

Mientras el caso de las turistas francesas asesinadas en Salta vuelve a estallar —con pericias boicoteadas, ADN sin identificar y micrófonos ocultos en la ropa de testigos—, vale preguntarse por qué esa imagen nos resulta tan familiar. Shakespeare ya la escribió. Brecht ya la acusó. Y en el NOA argentino sigue ocurriendo.

Por María Fernanda Escudero📍 San Salvador de JujuyMagíster en Estudios Literarios de Frontera · Docente UNJu

Esta semana el caso de Cassandre Bouvier y Houria Moumni volvió a los titulares. Las dos estudiantes francesas asesinadas en la Quebrada de San Lorenzo, Salta, en julio de 2011, llevan quince años esperando justicia. Esta semana, durante una pericia de ADN ordenada por la justicia, la esposa de uno de los imputados se arrojó al suelo, intentó morder al personal médico y fue descubierta con un micrófono inalámbrico oculto entre la ropa, presuntamente conectado con corresponsales franceses presentes en el lugar. El escándalo es nuevo. La impunidad no lo es.

Tres perfiles de ADN masculino sin identificar llevan quince años esperando en un laboratorio. Un inocente —el baqueano Clemente Vera— pasó diez años preso. El comisario que seguía la pista de los "hijos del poder" apareció muerto de un disparo cuatro meses después del crimen: su muerte fue declarada suicidio aunque no había pólvora en sus manos. Hoy una comitiva de fiscales viajará a París para buscar las pericias originales que la justicia salteña ignoró durante una década.

Lo que me interesa no es el escándalo de esta semana. Lo que me interesa es por qué esta imagen —una mujer joven, agua, un cuerpo que aparece lejos de donde debería estar— nos resulta tan familiar. Tan tolerable, incluso. Por qué el mundo puede seguir girando mientras una mujer flota en un río.

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Hay una respuesta que viene de muy lejos. De 1603, para ser exacta.

Ofelia no se suicida. Ofelia es empujada. No por una mano concreta sino por todo el sistema que la rodea: un padre que la usa como instrumento político, un amante que la abandona cuando deja de serle útil, una corte que la ignora, un reino que no tiene tiempo para notar que una mujer se está ahogando. Cuando cae al río, nadie salta a salvarla. La reina Gertrudis la describe con una belleza que hiela: flores, sauce, agua plateada. Como si la muerte fuera el destino natural de esa mujer.

Shakespeare hace algo que durante siglos no supimos leer como lo que es: convierte el femicidio en elegía. Y la cultura occidental lo agradeció. Millais la pintó flotando con los ojos abiertos y el cuadro se volvió uno de los más reproducidos del siglo XIX. Nadie preguntando quién la mató. Todos fascinados por la belleza de esa muerte.

"Estetizar el cuerpo para no tener que investigar el crimen. Hacer de la muerte una imagen en lugar de una pregunta."

Esa es la operación que me obsesiona. No la violencia en sí —que existe, que es real, que tiene nombre y apellido en el NOA argentino— sino el mecanismo cultural que la hace tolerable. Que la convierte en paisaje.

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En enero de 1919, Rosa Luxemburgo fue golpeada con culatas de fusil, asesinada de un disparo en la sien y arrojada al canal Landwehr de Berlín. Los que la tiraron al agua sabían lo que hacían: el río borra las huellas, disuelve la responsabilidad, convierte el crimen político en accidente natural.

Bertolt Brecht escribió sobre eso. Su poema Sobre una ahogada sigue el recorrido del cuerpo por el agua con una calma que es en sí misma una denuncia:

Cuando se ahogó y comenzó a bajar
hacia los ríos donde flotan los cadáveres
el firmamento fue tan espléndido
como si quisiera ganarse el cadáver.

Las algas y los peces la acompañaron
durante el camino, muy despacio,
y miraban con ojos fríos y empañados
cómo su mano blanca aún se agitaba.

Cuando su pálido cuerpo se pudrió en el agua
(sucedió muy despacio, y fue muy tarde)
Dios la olvidó lentamente:
primero la cara, después las manos, y al final
el pelo.
Solo fue un cadáver en los ríos con muchos cadáveres.
Bertolt Brecht, Sobre una ahogada, 1920

El poema no nombra a Rosa Luxemburgo. No puede. Pero elige este motivo —la ahogada, la mujer en el río— en ese contexto histórico preciso y eso es una decisión política. Lo que Brecht entiende, y lo dice sin decirlo, es que el río es una herramienta. Que arrojar un cuerpo al agua es también arrojar una verdad al olvido. Que la indiferencia de la naturaleza —el agua que sigue fluyendo, dios que olvida— es el espejo exacto de la indiferencia social y política.

Enseño este poema en la Universidad Nacional de Jujuy. Lo enseño a estudiantes que crecieron a orillas de los mismos ríos donde aparecen los cuerpos. Esa tensión no es un detalle biográfico: es la condición de posibilidad de todo lo que escribo.

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El noroeste argentino tiene una geografía que colabora. Ríos crecidos, quebradas profundas, canales de riego, cerros donde los cuerpos aparecen días después y lejos. Una topografía que parece diseñada para que la muerte se vea natural. Para que el perito escriba "ahogamiento" y el juez no haga más preguntas.

Paulina Lebbos · Tucumán, 2006

Veintiún años. Estudiante de Comunicación. Encontrada en un canal. La investigación nunca llegó donde tenía que llegar. El rumor de que los hijos del poder estaban involucrados —entre ellos hijos del entonces gobernador Alperovich— se esparció por la provincia. Las pruebas desaparecían. Los testigos callaban. El caso prescribió. Su padre lleva veinte años esperando.

Cassandre Bouvier y Houria Moumni · Salta, 2011

Estudiantes de La Sorbona. Encontradas en la Quebrada de San Lorenzo. Un inocente pasó diez años preso. Tres perfiles de ADN sin identificar. Un comisario muerto en circunstancias dudosas. Una testigo anónima que habla de una fiesta en un barrio cerrado, de hijos del poder, de una chica que quiso escapar. Quince años después, el caso sigue abierto y esta semana volvió a estallar.

Paola Tacacho · Tucumán, 2020

Profesora de inglés. Treinta y dos años. Denunció trece veces al hombre que la acosaba. Cada denuncia ignorada. El femicida tenía vínculos políticos locales. Nadie lo detuvo ni un día. La mató de seis puñaladas cuando salía del gimnasio. Su hermana escribió: "¿Por qué se tenía que ir Paola de donde tenía sus colegios, su departamento, sus cosas?"

Lo que estos casos comparten no es solo la geografía. Es la gramática con que fueron procesados. El agua se la llevó. Estaba en el lugar equivocado. Algo habrá hecho. Era de noche. Iba sola. Es la misma gramática de Gertrudis describiendo a Ofelia. La misma indiferencia del poema de Brecht.

"Naturalizar la muerte es un acto que requiere infraestructura. Necesita jueces que aprendan a no ver. Necesita, también, siglos de Ofelias flotando como si fuera hermoso."

Y debajo de estos casos nombrados, documentados, con familias que pudieron pelear y periodistas que pudieron escribir, hay decenas de mujeres jóvenes —muchas indígenas, muchas pobres, muchas migrantes internas— cuyos expedientes no llegaron ni a los diarios locales. Muertes que no tuvieron ni el privilegio de volverse casos.

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En mi tesis de maestría escribí una obra de teatro-foro que se llama Ofelia, una villera cortesana. Una chica del "sur" de Salta —del sur de la ciudad, del sur social— que es invitada a una fiesta de gente de clase alta y aparece muerta en el río más cercano. La obra incorpora los casos reales: las voces de Lebbos y Tacacho irrumpen como voces en off mientras la ficción avanza. Un policía le habla a una amiga que viene a denunciar un acoso y le dice, en estado de shock, que están todos ocupados porque "tuvieron que bajar dos cadáveres del cerro, dos turistas extranjeras".

La simultaneidad es el argumento. Mientras el sistema atiende los casos que tienen presión internacional —porque son francesas, porque un padre vieja desde París con setenta y ocho años y problemas de salud— los otros se acumulan en silencio. Las Ofelias locales, sin pasaporte europeo ni periodistas de M6 filmando documentales, prescriben solas.

La obra cierra con Perlongher. Con Cadáveres, ese poema escrito durante la dictadura para nombrar los cuerpos desaparecidos que el Estado negaba. Bajo las matas / En los pajonales / Sobre los puentes / En los canales / Hay cadáveres. Lo usé porque la lógica es la misma: el Estado que hace desaparecer cuerpos políticos y el Estado que no investiga un femicidio son el mismo Estado. La impunidad tiene una sola gramática.

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Esta semana, mientras leo las noticias del caso de las francesas, pienso en lo que Brecht entendió hace cien años: que el río no es inocente. Que la corriente hace el trabajo sucio que el poder no quiere firmar. Que la cultura —incluyendo la cultura que convierte a Ofelia en imagen bella, en cuadro de museo, en símbolo de feminidad melancólica— colabora activamente en ese olvido.

Enseño estos textos en Jujuy. Enseño a Brecht, a Shakespeare, a Butler, a Anzaldúa. Y cada vez que llego al motivo de la ahogada, al cuerpo en el agua, siento la misma incomodidad: estoy enseñando literatura europea en una provincia donde los cuerpos aparecen en las quebradas y nadie va preso.

Eso no me parece una paradoja. Me parece la razón por la que vale la pena enseñar literatura.

El río no es inocente. Nunca lo fue. Y la próxima vez que veamos a Ofelia flotando —en un cuadro, en una obra, en un titular de diario— deberíamos poder leerla como lo que siempre fue: una pregunta sin respuesta sobre quién la puso ahí.

Este texto forma parte de una investigación más amplia sobre femicidio, impunidad y representación cultural en el noroeste argentino, desarrollada en el marco de la Maestría en Estudios Literarios de Frontera (FHyCS-UNJu). Una versión académica completa está en elaboración para su publicación en revista especializada.

María Fernanda Escudero
Profesora y Licenciada en Letras. Magíster en Estudios Literarios de Frontera (FHyCS-UNJu). Docente de Literatura Europea en la Universidad Nacional de Jujuy y de Lengua y Literatura en nivel secundario. Vive y escribe desde San Salvador de Jujuy desde 1999.

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